viernes, 1 de marzo de 2013

Marihuana, Ecología y Medio Ambiente


Marihuana, Ecología y Medio Ambiente

Será imposible extirpar del territorio nacional el cultivo de marihuana (Cannabis indica). Es una actividad profunda y extensamente arraigada en formas de vida, economía, sociedad e instituciones locales de vastas regiones del país. Un buen parangón es el caso de la coca en Bolivia. Los primeros migrantes mexicanos a los Estados Unidos, yendo y viniendo, visualizaron la oportunidad desde los años 40 del siglo XX. Hoy absorbe a millones de personas, especialmente, en áreas de la vertiente del Pacífico caracterizadas por selvas bajas caducifolias (con árboles de fuste corto, muy ramificados que pierden su follaje durante una extensa temporada de secas). Abarcan porciones más o menos amplias de los estados de Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Durango,
Con la marihuana no sólo sobreviven y pueden llevar una existencia relativamente digna, sino incluso prosperar.
Chihuahua y Sonora. Ahí, el ecosistema se singulariza por escasez de agua, suelos pobres, orografía abrupta, y casi ausencia de especies forestales susceptibles de aprovechamiento a escala comercial; el uso sustentable de recursos naturales es una mala broma. Ningún otro cultivo, excepto en estrechos valles y planicies aluviales de las costas, es capaz de ofrecer una vida digna a los campesinos, muchos de ellos arrojados y dispersos por la historia y las políticas agrarias del siglo XX en propiedades colectivas (ejidos y comunidades) sin esperanza.
La marihuana vale mucho, ya que existe una enorme e irrefrenable demanda en Estados Unidos y en México. Es menos dañina que el alcohol y probablemente que el tabaco, su consumo nunca ha matado a nadie y, en todo caso, perjudicaría sólo a quien la usa. De hecho tiene múltiples usos medicinales. Un campesino puede percibir más de 200 mil pesos anuales por hectárea cultivada con cannabis, en terrenos cuyo único costo de oportunidad o uso alternativo corresponde a misérrimas milpas de subsistencia (que producen una tonelada al año de maíz equivalente a 3,000 pesos), a lóbregos agostaderos para cabras o cebúes famélicos, a peladeros calcinados y erosionados, a matorrales degradados o, en el mejor de los casos, a un bosque tropical bajo y caducifolio, que en verdad puede ser muy hermoso tanto en aguas como en secas, pletórico de
biodiversidad y endemismos; aunque económicamente es estéril para los propietarios de la tierra.
Si somos serios, imaginar la vida sin marihuana en esas regiones conlleva un razonamiento sobre cómo subsidiar competitivamente y de por vida a esos campesinos —por ejemplo pagándoles por conservar las selvas
bajas caducifolias—; cómo hacerlos emigrar; o condenarlos a una abyecta miseria. Con la marihuana no sólo sobreviven y pueden llevar una existencia relativamente digna, sino incluso prosperar. Así, desmontan en la selva baja parcelas disgregadas, preparan semillas y plántulas en invernaderos, que se siembran cuidadosamente en el terreno; aplican fertilizantes químicos y orgánicos (como guano de murciélago), al igual, por desgracia, que plaguicidas órgano-clorados terriblemente tóxicos, como el Paratión. Cosechan en pocos meses, limpian, prensan, empacan y venden a compradores locales, quienes sólo son el segundo eslabón de una compleja estructura comercial. Todo el mundo en esas regiones (campesinos, comerciantes, policías y autoridades municipales) tiene en menor o mayor medida relación e intereses directos o indirectos con la economía de la marihuana. Pero todo es ilegal…
En la ilegalidad, y ante poderes municipales débiles y efímeros, de forma inevitable se abre un espacio generoso para cacicazgos y mafias al margen de la ley, que surgen localmente o que llegan de fuera junto con armas y otras substancias y productos prohibidos. El gobierno local es capturado y todos tejen o quedan cobijados y atrapados por la pegajosa telaraña. Hay competencia, alianzas y traiciones entre organizaciones locales, y entre ellas y los fuereños. Hay mucho que perder y ganar. En la ilegalidad, lógicamente, la corrupción y la violencia se asientan y asumen culturalmente en el paisaje humano. Luego, llega la fuerza legítima del Estado, los
arreglos se trastocan, y la violencia estalla, se extiende y diversifica como delincuencia organizada… y horroriza a todo el país.